lunes, 4 de febrero de 2013

LA AUTORIDAD DE LA OBEDIENCIA


Las reflexiones que siguen partieron de escuchar las manifestaciones de R.M., un gendarme que oficiaba de vocero de los acuartelados, frente al Cuartel central en la noche del jueves 6 de octubre.

Periodista TV: si bien reconocemos la legitimidad de los reclamos salariales que Uds. plantean nos preocupa que la forma de llevarlos a cabo amenaza transgredir cuestiones institucionales básicas como es la ruptura de la cadena de mandos.

Gendarme: el problema es que sus interpretaciones parten de colocarnos bajo el Código de Justicia Militar y nosotros nos consideramos ciudadanos con un trabajo particular, el de una fuerza militarizada, y por eso, amparados en un orden superior al de ese Código, como es el de la Constitución Nacional: El mismo que rige para el resto de los ciudadanos y que, por eso, nos garantiza, de la misma manera que a los demás, el derecho a peticionar, a organizarnos para reclamar por nuestros haberes y cubrir las necesidades de nuestros hijos y familias.

A partir de ese planteo el diálogo se estanca girando en torno a la reiteración de los argumentos de cada una de las partes, de modo que a la contenida ofuscación del gendarme corresponde la condescendiente paciencia profesional del periodista, indiferente al desconcierto de su entrevistado, que siente la incomprensión de una argumentación que suponía se bastaba con la certeza que acompañaba a su enunciación y la lógica de sus enunciados.
En tanto que, para el espectador, colocado al margen de la captura de ese "diálogo de sordos", la situación era propicia para detectar, desde una perspectiva crítica, contradicciones estructurales, tensadas entre legalidades formales y legitimidades concretas que, por antinómicas, inhibían en ambos interlocutores la capacidad de pensar el problema en su totalidad.

Es evidente que se trata de esos momentos (acontecimientos?) que, si se supera la sorpresa de una emergencia, a contrapelo del "sentido común" (los guardianes del orden identificados con los que, hasta ahora, debían reprimir por perturbarlo) operan visibilizando la precariedad de confundir la certeza (registro subjetivo) en las bondades del sistema democrático con las condiciones (objetivas) necesarias para su funcionamiento real. Ni más ni menos que sustituir la realidad de un sistema social que tiene como condición la igualdad y la libertad plena de sus miembros, con la vivencia de satisfacción que ofrece la experiencia comunitaria de participar en la suscripción común de sus referentes simbólicos. Un mecanismo fácil de advertir en la analogía que guarda con otra menos llamativa: la del goce que la razón consumista provee en bienes imaginarios (la publicidad),  a despecho de las desiguales oportunidades de consumo que el mercado concreto da a sus concurrentes. 

La funcionalidad de los dispositivos descriptos surge y se continúa en el rol del Estado en tanto productor de los sentidos justificadores de las incongruencias con los postulados formales garantes de la paridad que ofrece garantizar. Dotación de sentido, que la ciudadanía reclama para aventar las inquietudes de  fragmentación que les acarrea la convivencia y que los asumidos responsables de lo público se esfuerzan en disipar, alentando la conformidad con el presente en promesas sobre el futuro y desalentando la urgencia de logros concretos con los fantasmas de pasadas impaciencias (estamos o no mejor que en el 2001!).

En ese contexto, lo decisivo de este episodio es su estallido en el corazón mismo de los aparatos del Estado, precisamente en aquellos encargados "de la seguridad" de una sociedad legataria de un pacto constituyente que confía su ordenamiento a la delegación del ejercicio de la fuerza y de la gestión de la cosa pública (lo común a todos).

Paradoja de un orden fundado en la delegación de una violencia, insoportable en su transversalidad, en un monopolio que termina por utilizarse como medio de perpetuarlo  y perpetuarse. Régimen cerrado que genera y deriva permanente malestar que culminó en la crisis institucional de los últimos días la que, como el caso individual que estamos considerando grafica, en el plano de la subjetividad individual el quiasma que resulta de la sobredeterminación de sus causas con las que definen la escena mayor de la sociedad. De lo cual resulta la justicia de proceder, para comprenderlas, estableciendo sus articulaciones, sin que el respeto por las especificidades de los registros respectivos sea a costa de la mutilación de su mutua implicancia.

La imposibilidad lógica de una aporía que opone legalidades y legitimidades, instancias publicas y privadas, disyunciones entre los regímenes de división del trabajo y las prerrogativas de la ciudadanía, se proyecta en una fractura estructural que opone la potencialidad de sujeto que la Ley detona, con su clausura en tanto puro imperativo de prohibición que alcanza a las propias prescripciones que esa misma imposición hacía posible.

Callejón sin salida Freud describe como la defensa, en nombre de la subordinación al orden establecido, de culturas y civilizaciones que, en mérito a los costos subjetivos que ocasionan para reproducirse no merecen ser salvadas.
 
Por el psicoanálisis sabemos de la doble "naturaleza" de lo humano, que conjuga sus fuentes pulsionales con el tributo que su ingreso a la paga, en "desnaturalización", su pasaje a la cultura y a la sociedad: La condición de dicha hominización es la prohibición, legitimidad fundante de la Ley  que el lenguaje opera sobre la satisfacción originaria instituyendo sujeto, sociedad y cultura en legalidades subsidiarias derivadas de esa verdadera Carta Magna primera.  

Uno de los instrumentos requeridos para el logro de una subjetividad funcional a toda constitución de una sociedad es, por eso, la del respeto que la misma deberá guardar con ese orden simbólico y que se experimenta como relación a la autoridad. Correlativa y complementaria de la misma se impone al sujeto, así interpelado, su respuesta en términos de obediencia. Esa posición es la que resuelve la tensión por la sobrevivencia subjetiva impensable en soledad, al precio de la renuncia, sumisión y/o amor por el poder subordinante del que depende. Lo cual no es sin las singularidades del caso en los que cada sujeto negocia, a cuenta del favor de las ventajas que la realización, en parcialidad, de sus deseos puede arrebatar a las promesas, como total,  del goce..

R.M., 32 años, tucumano, de origen campesino, ex seminarista, ingresa a la Gendarmería buscando realizar su vocación musical, accede al reconocimiento público como vocero de un movimiento que lo hace eco de una demanda objetiva, suma de sobredeterminaciones subjetivas colectivas, que lo coloca en la encrucijada entre las evidencias de una lógica administrativista y la potencia de una vía inesperadamente abierta a procesos psíquicos completamente libres de tales sujeciones.

Involuntario o inconciente equívoco que concluye en formato de blooper lo que asumía como infortunio personal hasta encontrarse lidiando con el callejón sin salida de condiciones de estructura absolutamente al margen de sus propósitos manifiestos y, menos aun, con los de sus presuntos representados que por su boca hablaban. El derrape de sus intenciones corresponde al defasaje entre la formalidad de las legalidades establecidas con las razones objetivas que rigen la dinámica de los hechos considerados: el registro de lo personal acompaña el de lo colectivo en la disparidad del discurso con el de su funcionalidad en ejercicio. Desencuentro olvidado entre las razones estructurales y las que resultan producto de las acciones de sujetos en la historia.

Ocasión oportuna para plantear las articulaciones entre dos nociones habitualmente confundidas en el discurso de los analistas. Hablo de las vacilaciones que dicho discurso muestra cuando de elegir entre el concepto de sujeto y la noción de subjetividad. Para el primero sobran los argumentos y validaciones teóricas que hacen de su entidad un efecto significante, razón del hueco producido por la metonimia de lo imposible del deseo y polo ineludible de la transcripción de lo real en el fantasma y, de ahí, sede y agencia de las posibles realizaciones del inconciente en las formaciones y síntomas que alientan.
En tanto, subjetividad aparece como una especie algo bastarda, de uso vergonzante, casi siempre de empañado en la disculpa por recurrir a la baja estofa de una aleación desprovista de los kilates de la otra. En rigor se trata de dar entidad a lo que resulta de la ineludible respuesta del sujeto, con todos los fueros de su filiación inconciente, pulsional y deseante cuando el individuo o, aun mayor "herejía", la persona que lo encarna o aloja, cuando responde a las interpelaciones de la escena en que transcurre su existencia, a pesar y gracias a las determinaciones que la "otra escena" le imponen. Cruce de instancias psíquicas, configuraciones sociales e históricas, inscripciones sociales, culturales y generacionales de las que resultan, tanto los comportamientos como las formas de asunción de los sentidos resultantes para el protagonista como para los interlocutores de sus actos.

La imagen del vocero del movimiento ofrece al análisis distintas aproximaciones. Desde  la eficacia icónica de la portación del loock "verde oliva", que uniforma el monopolio estatal de la fuerza, hasta lo hibrido de un discurso que asume la pretensión de argumentar, con la suficiencia del acostumbrado a servir de instrumento de la fuerza del Estado como razón última. El asunto es que dicha condensación, es a misma que puede reconocerse en un sujeto en la dinámica de su Superyo, cuando en mortífero abrazo su instancia conjuga el imperativo de alcanzar el imprescindible amor de su Ideal con el  castigo resultante de su permanente incapacidad de satisfacerlo. Lo engañoso, a despejar, es cómo tal disposición parece reflejarse en la división social del trabajo (Estado, brazo armado y ciudadanía) respecto de una consideración social ambivalente, que se quiere ajena a los medios que su exigencia de seguridad reclama y poco y nada quiere saber de su participación en la violencia que sus demandas requieren y que la buena conciencia salva encargando el trabajo sucio a otros (represores y déspotas). Una fórmula que el saber popular expresa y niega cuando acepta a los que cuando gobiernan roban pero hacen, confesión en la que el hacen se refiere a la satisfacción de las tentaciones repudiadas y que Hegel definía con la figura de las Almas bellas".

Hasta la máxima exponente del poder gobernante viene reclamando a la oposición, encargada de controlarla y proponer alternativas a su gestión, de no oponerle liderazgos y propuestas unificadas. Juego de espejos en que el manifiesto encono y controversia no hace sino disimular un acuerdo de base (en lo económico fundamentalmente) que las mutuas denuncias de diferencias esenciales obscurecen en lo inconfesado de una disputa de poder hacer lo mismo pero por cuenta propia (literalidad de la expresión: corrupción y distribución de la propiedad). Esta comunidad ideológica tuvo frente a este tema una unanimidad rara vez alcanzada: todas las expresiones de la opinión pública, desde los políticos de cualquier filiación, hasta los periodistas asumidos voceros de la conciencia social cerraron filas en torno al monoteísmo contemporáneo consagrado del Estado. Si de dios se decía que si faltara habría que inventarlo, del Estado, que de El se trata, nada se dice ya que a nadie ocurre despedirlo o declararlo prescindente.

Cuando R.M., nuestro caso testigo, desconcertado, se queja del desamparo de la Carta Magna ante el despotismo del Código de Justicia Militar, está clamando por la orfandad de ese poder trascendente del que, si bien algunos se sirven a su provecho, tiene la vigencia que la ilusión le otorga en cuanto promesa de un todo, omnisciente y omnipotente, que sabe de los deseos de cada uno como lo prueba el mandato de alcanzarlos al tiempo de condenarte al sufrimiento del fracasar en el intento.

Ninguno de los argentinos que pertenecieron a las generaciones anteriores de la historia de nuestro país y de sus fuerzas armadas y que experimentaron en carne el paso por los cuarteles del servicio militar puede dar fe de lo "obsceno de un imperativo" forzado a instalarse en su subjetividad para conformarla a los requerimientos de la Sociedad en comandita Estado-FFAA.  El adiestramiento conductual consistía en un ejercicio extenuante conocido como orden cerrado en el que el "civil" luego de reclamarse vociferar su propio nombre se profería órdenes pautadas que debía acompañar con las posturas corporales correspondiente: ponerse firme, saludar, corres, arrastrarse por la tierra, etc, hasta automatizar sus reflejos de obediencia frente a cualquier índole de órden.    

El inadvertido representante del ser colectivo va a cobrar en sufrimiento personal y en goce por los minutos de gloria en el escenario, el corporizar aquello que todo el mundo sabe y que se pacta ignorar, reservando como garantía de aventar el desencantarse con la falta de porvenir de esa ilusión universal que es del Estado.

Sortilegios del doble mensaje, del lenguaje en verdad, cuando los tutores celebran la vocación militante de los jóvenes en la misma proporción que éstos reverencian en el poder la concesión de haberlos ungido hacedores de sus destinos. El ejemplo mayor es la consagración de la política decidida en autonomía que ambas partes negocian al tiempo que celebran. Lo que se llama una sociedad de socorros mutuos para la sobrevivencia recíproca.

La explicación de la queja circulante acerca de la falta de debates fundamentales, de la judicialización de la gestión de la soberanía y de la condena de toda divergencia en aras de los supremos valores de la tolerancia y la diversidad con la dudosa excusa del error al pensamiento hegemónico. Otra vez el propio discurso sirve a esa hegemonía cuando evita reconocer la coincidencia de máxima en la disputa por los estilos. Dios, patria y hogar, tradición, familia y propiedad persisten en el ritornello del pensero debolo cuando el pensamiento se inhibe ante el horror por los grandes relatos.

La premisa freudiana del Soll ich werden (allí donde el Ello era el sujeto ocupará su lugar) referida al inconciente se sostiene, a la par en la cruzada por el rescate de la pureza de sus fueros y en la destitución de las puestas en "condiciones de representabilidad", tal como implica su emergencia en condiciones transferenciales presentes en toda escucha.

Cuando R.M. siente que rebota sin salida entre las leyes fundamentales y el código militar, la escucha de los analistas tiene la oportunidad y responsabilidad de despejar los significantes estructurales de los deseos en ella presentes, más allá de necesidades e intereses que los alienan. No para despreciarlos su urgencia y prioridad en nombre de trascendencias espiritualizantes superiores, rol sin competencia ya asumido por la religión y los prejuicios subrogantes. Se trata, en cambio de enriquecer su puesta en acto como sujetos animados a la aventura incierta y riesgosa de transponer el marco de lo convenido en el contrato social imperante a favor de una opción sin más garantía que la certeza de lo insoportable de una repetición que renueva en la servidumbre voluntaria a un amor por la autoridad tributado en obediencia los riesgos del reconocimiento de la coartada que significa saberse dejado de la mano de dios olvidarse de su devoción laica por el Estado, la razón, la ciencia, el consumo. Preguntarse por la naturalización de la violencia (encarnada en sus ejércitos y fuerzas de seguridad) verdadero sustituto de esa fuente de toda razón y justicia antaño reservada a la divinidad y sus encarnaciones: como la patria y la familia. "Soportamos todo mientras no se metieran con nuestras familias", confiesa nuestro representante y se está refiriendo al salario, no en función de un valor enajenado (el del asignado a la gestión de su trabajo en comunidad como al del disfrute de los bienes producido) sino de la proporción que le permita cumplir con su deber de integrar las filas de los deudores de un amor honrable en sacrificios (devengados en plus de valor/goce) que honren con su vida la protección que ese orden estatal les brinda haciéndose cargo de la legitimidad de disponer del poder de dar muerte y del riesgo de reconocer en sí las inclinaciones a delegadas en él. 


15 de Octubre 2012

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